domingo, 7 de junio de 2020

Nick Woodman: Fundador de GoPro, de genio millonario a peor directivo del año


(Un texto de Ixone Díaz Landaluce en el XLSemanal del 12 de marzo de 2017)

Con una goma y una cámara revolucionó la fotografía de acción. Solo tiene 42 años y su vida ya da para una película. Se arruinó con 24 años, con 27 cambió para siempre los deportes de riesgo y pocos dudan de que, tras sus problemas de 2016, volverá a dar sorpresas.

El primer modelo fue muy rudimentario: una cámara analógica de 35 milímetros atada con una goma a su muñeca. Nick Woodman estaba a punto de emprender un viaje de cinco meses a Australia e Indonesia y quería documentar sus hazañas sobre las mejores olas del mundo. El surf era su pasión y gracias a ella Nick Woodman tuvo su epifanía: solo los surfistas profesionales tenían fotos o vídeos de sus mejores momentos sobre la tabla. Para el resto, documentarlos era una pesadilla logística. Así es como Woodman alumbró GoPro, la cámara de acción para amantes de los deportes de aventura que puede instalarse en tablas de surf, cascos de snowboard o bicicletas y que se ha convertido en un fenómeno superventas. «Cuando terminé la universidad, me di de tiempo hasta cumplir los 30 para inventar un producto. Si no lo conseguía, entonces buscaría un trabajo. Y ese miedo, el miedo a un trabajo de verdad, me motivó para convertirme en emprendedor». Woodman creció en Menlo Park, cerca de Silicon Valley y siempre estuvo rodeado de emprendedores como Eli Harari, amigo de la familia y fundador de SanDisk, la popular marca de dispositivos de memoria.

Con aquella idea en la cabeza, fundó dos start-ups siendo un veinteañero: una web que comercializaba productos electrónicos a bajo coste y otra de apuestas y juegos on-line. La burbuja tecnológica pinchó y Woodman lo perdió todo, incluido el capital que su padre -un banquero de inversión- le ayudó a conseguir de firmas de capital de riesgo. «Entre los 24 y los 26 años perdí cuatro millones de dólares de otras personas», ha confesado. Desmoralizado, decidió tomarse un tiempo, reflexionar, viajar y hacer surf. Y así empezó a experimentar con aquella cámara y aquella goma.

El viaje iniciático

A su regreso del viaje, Woodman se instaló en casa de sus padres y empezó a fabricar sus propios prototipos con la máquina de coser de su madre, un taladro y mucho pegamento. Apenas dormía, trabajaba 20 horas al día los siete días de la semana y, para evitar «viajes innecesarios a la cocina», llegó a atarse una cantimplora a la espalda de la que bebía gracias a un tubo. Woodman no quería cometer el mismo error y, en vez de buscar inversores, le pidió dinero a su familia: su madre le prestó 35.000 dólares; su padre puso 200.000. El resto lo consiguió vendiendo cinturones por la costa de California. Después de probar su cámara mientras hacía surf o conducía coches de carreras, Woodman envió su prototipo final a una fábrica china con una transferencia de 5000 dólares y, pocos meses más tarde, empezó a vender GoPro en tiendas de esquí y surf.

Desde entonces, GoPro ha lanzado modelos cada vez más sofisticados al mercado: cámaras digitales, sumergibles, de alta definición y hasta integradas en un dron. Sus usuarios siguen siendo deportistas, pero también directores de cine, como Michael Bay, e incluso departamentos de Policía y unidades del Ejército americano.

Una historia con altibajos

La compañía ha crecido al mismo ritmo vertiginoso: de la pequeña empresa de tres trabajadores que era en 2002 a la compañía con más 1500 empleados que Woodman dirige ahora. Sin embargo, los altibajos forman parte de su historia. En 2012, una empresa taiwanesa adquirió el 8,8 por ciento de las acciones a cambio de 200 millones de dólares estableciendo el valor total de la compañía en más de 2225 millones. Dos años más tarde, en junio de 2014, GoPro salió a Bolsa y Woodman, que sigue aglutinando la mayoría de las acciones, se hizo multimillonario. Ese año, el empresario se convirtió en el ejecutivo mejor pagado de Estados Unidos gracias a un bonus de 285 millones de dólares. Pero aunque GoPro llegó a valer 3900 millones de dólares, en 2016 su valor se desplomó un 47 por ciento debido a problemas de producción. De hecho, Woodman recibió el dudoso honor de ser nombrado el peor consejero delegado del año en 2016.

Pero a Woodman, de 41 años, eso le importa poco. Lo ha demostrado muchas veces. Como cuando él y su mujer donaron 5,8 millones de acciones (valoradas en 500 millones de dólares) a su fundación siguiendo el ejemplo de Mark Zuckerberg o Bill Gates y para enfado de sus inversores: aquel día, las acciones de GoPro cayeron un siete por ciento en bolsa. O cuando cumplió su vieja promesa de cederle el 10 por ciento de sus acciones a su amigo y compañero de piso en los tiempos de universidad Neil Dana. En 2015, Dana recibió un cheque por valor de 229 millones de dólares. Pero Woodman también disfruta de lujos excéntricos: es dueño de un avión privado que compró para irse a hacer surf con sus amigos y está construyendo un ostentoso yate valorado en 40 millones de dólares con helipuerto y espacio de sobra para almacenar su colección de tablas. Por algo le llaman el multimillonario loco… Loco por el surf.

Las GoPro tienen tanto éxito no solo porque son pequeñas y se pueden ‘enganchar’ a una tabla o una bici. Están diseñadas para ser ligeras y muy resistentes. Y graban y fotografían en alta definición a través de un gran angular, pensado para trasladar la experiencia del propio deportista. Funcionan de manera automática y con una mínima intervención.

Jill Scully es su mujer y la madre de sus dos hijos. Era su novia cuando buscaba dinero para la GoPro. Fue ella quien lo acompañó por las playas de California con 2000 cinturones que compraron en Bali a 1,90 dólares la pieza y vendieron a 60 dólares. Fue parte de la financiación de la cámara.

Cómo surfear la ola de los negocios según Nick Woodman

Cinco consejos para emprender un proyecto:

Sigue tu pasión
Woodman alumbró la idea que lo ha hecho multimillonario gracias a su deporte favorito. «Si no hubiera sido por el surf, nunca habría dado con la GoPro. Tu pasión es como tus huellas dactilares: todo el mundo las tiene, pero todas son diferentes. La pasión de uno debe ser la guía para su vida».

Resuelve un problema
Antes de la GoPro, los aficionados a los deportes de riesgo no podían tomar sus propias fotos. Identificar el problema fue el gran acierto de Woodman. «Lo importante es dar con un producto que resuelve un problema, en vez de tratar de crear una forma nueva de hacer algo que ya existe y funciona».

Ten miedo al fracaso
Sus dos primeras empresas fueron un fiasco y para poner en marcha GoPro trabajó 20 horas al día los siete días de la semana. Era el diseñador, transportista, comercial y servicio posventa de su start-up. «Tenía tanto miedo a fracasar de nuevo que estaba completamente determinado a tener éxito», ha dicho.

Aprende a vender
Siempre tuvo madera de comercial: de niño ya vendía limonada y camisetas. Woodman telefoneó a cientos de tiendas de surf, abrasó a e-mails a las firmas deportivas y en 2010 logró que GoPro se vendiera en Best Buy, la cadena de tiendas de productos electrónicos más grande de Estados Unidos.

Obsesiónate un poco
Sin formación en ingeniería ni nociones de diseño, Woodman pasó meses modificando sus prototipos y enviándolos a una fábrica china hasta desarrollar el modelo final. «Me permito a mí mismo obsesionarme con las cosas», ha confesado. Todavía participa en el desarrollo de sus nuevos productos.

domingo, 31 de mayo de 2020

YCombinator: la fábrica de 'start-ups'


(Un texto de Lourdes Gómez en la revista XLSemanal del 6 de septiembre de 2015)

Airbnb, Reddit, Dropbox no existirían si no fuese por YCombinator, la empresa de la que Sam Altman es presidente. Tener buenas ideas es importante, pero tener financiación lo es más, es el foco de los emprendedores.

Altman pone el dinero. Eso sí, también pone las condiciones. Ycombinator es una fábrica de ‘start-ups’. En sus diez años de actividad se ha convertido en la puerta de acceso al éxito más eficaz en Silicon Valley.

YCombinator es lo que se conoce como una incubadora de nuevas empresas y ha colocado en el mercado 800 start-ups cuyo valor total supera los 50 billones, con be, de dólares. Fue creada por Paul Graham, un personaje peculiar y carismático que rompió los códigos de financiación habituales en Silicon Valley, pero desde febrero de 2014 la preside Sam Altman, quien a sus 30 años y apadrinado por Graham mismo se ha convertido en el gran gurú de las nuevas tecnologías. 

Altman recibe 400 solicitudes de reunión a la semana, tanto de fundadores de empresas como de inversores con dinero. En general, lo que quieren es acceso a otros, que YC les presente a una firma prometedora en la que invertir o a un asociado que financie su proyecto.

Las start-ups que son aceptadas por YC se trasladan a vivir a San Francisco durante tres meses y entregan a la empresa de Altman el 7 por ciento de las acciones a cambio de 120.000 dólares y la oportunidad de ser asesorados por los mejores especialistas en tecnología, además de tener acceso a otros grandes inversores.
Como ejemplo de su eficacia, sirva la experiencia de algunas de las firmas que hasta ahora nacieron en YC. Dropbox y Airbnb, valoradas cada una en más de 10.000 millones; Stripe, una plataforma de pago no muy distinta de Paypal, hoy está valorada en 3,5 mil millones y procesa los pagos hechos a Apple y Kickstarter. Reddit, el sitio de noticias sociales tan popular, fue una de las integrantes de la primera remesa y fue vendida a Condé Nast en 2006, convirtiendo a sus fundadores en millonarios. En Silicon Valley, todos están convencidos de que YCombinator es el actual trampolín al éxito.

AQUEL VERANO DE 2005

YCombinator comenzó en 2005 como una especie de universidad de verano creada por Paul Graham, programador y ensayista, que en 1998 vendió una start-up a Yahoo por 49 millones de dólares, lo que le permitió crear su propia empresa experimental. YC. Graham estaba convencido de que con los avances que se habían producido en el hardware se podía crear una empresa de tecnología con muchos menos fondos iniciales de lo que hasta entonces parecía. Lo que hizo para demostrarlo fue entregar 6000 dólares a cada fundador de una start-up, invitarlos a cenar a su casa todos los martes y, después de tres meses, concederles una entrevista de 15 minutos con algunos de sus amigos inversores. Graham les decía a sus protegidos que no contratasen abogados ni comerciales, que tenían que hacerlo todo ellos mismos y que no pensaran en hacerse millonarios de la noche a la mañana. Graham prefería a los hackers con aspiraciones realistas antes que a los grandes visionarios. Según él, el único secreto es hacer algo que le guste a la gente y perseverar.

CRECER CON SENTIDO

El año pasado, Graham entregó las riendas de YCombinator a Sam Altman, cuya carrera profesional empezó en esta compañía. En 2005 fue escogido para participar en el primer curso de YC. Graham, que solo tiene elogios para su protegido, le ha encargado a Altman que como presidente lleve a cabo un rápido y decidido crecimiento de la empresa. Pero no un crecimiento porque sí, sino que YC abarque un espectro más amplio e interesante de empresas a las que apoyar. Razón por la que Altman no solo ha aumentado el número de start-ups financiadas, sino que ha dado su beneplácito a decenas de proyectos que aspiran a cambiar el mundo en los sectores de la biotecnología, las energías alternativas y la educación.

Altman ha apostado este año por empresas como Helion, que intenta construir un reactor de fusión nuclear, lo que podría poner fin a la dependencia de los carburantes fósiles y reducir drásticamente el coste de la producción de energía. La financiación de una compañía de este tipo muestra del empeño de Altman en invertir en firmas tecnológicas más ambiciosas que de costumbre. Ya no se trata solo de sitios web dirigidos a los consumidores, software corporativo y entretenimiento. Durante el año pasado, según recoge un amplio informe de la revista Fast Company, YC ha estado trabajando con una firma creadora de automóviles sin conductor, 20 empresas de biotecnología y dos compañías de energía nuclear. La última remesa incluye cinco empresas de artefactos médicos, dos que están trabajando en la mejora de los tratamientos del cáncer y otra que estudia una nueva forma de transporte público de bajo coste. Y las hay aún más audaces, como Bagaveev Corp., cuyo objetivo es enviar minúsculos satélites a la órbita terrestre por medio de cohetes impresos tridimensionalmente. A Altman le gustan tanto este tipo de apuestas que incluso va personalmente a los ensayos de esta empresa ‘estratosférica’. Al fin y al cabo, las apuestas arriesgadas son parte de la filosofía de YC, lo contrario de lo que hacen la mayoría de los grandes inversores.

El capital riesgo tiene un problema muy gordo explica Altman. Los que toman las decisiones ejecutivas ganan cinco millones de dólares al año y no quieren arriesgarse a perderlos. Si invierten en otra aplicación para móviles y no funciona, van a seguir ganando lo mismo. Pero si pierden dinero invirtiendo en una compañía de tecn quedar como unos idiotas . A Altman no le preocupa ese riesgo. Él, licenciado en Informática por Stanford, está acostumbrado a ir a contracorriente. Hijo de un dermatólogo y una promotora inmobiliaria, Altman fue un chaval atípico, según cuenta en Fast Company. Procedente de San Luis, Misuri, era vegetariano en una zona de Estados Unidos donde se comen cantidades ingentes de carnes rojas; un fanático de los ordenadores al que, al contrario que a sus amigos, le gustaba la música clásica, y un adolescente gay en una ciudad no precisamente conocida por su tolerancia. Así que cuando le preguntan cómo tener éxito, responde. Conocer a fondo tu empresa, tener una visión clara y poner mucha pasión.

A Paul Graham, el fundador de YC, sus detractores lo describen como el líder de una secta. Excéntrico, con un humor que los grandes inversores no siempre pillan y siempre calzado con sandalias, se ha convertido en un referente incuestionable de Silicon Valley. Los inversores le ‘ruegan’ desde hace años que les deje asistir a los ‘días de demostración’, los encuentros con sus potencialmente multimillonarios chicos. Hace un año, Graham delegó sus labores ejecutivas en Sam Altman, a quien atribuye un talento excepcional. Ya se lo pareció cuando en 2005 Altman, con 19 años, le pidió entrar en la firma.

Graham le sugirió esperar un año más, pero el joven programador insistió con convincente vehemencia en que ya estaba preparado. Y vaya si lo estaba. Altman había fundado Loopt, una aplicación para smartphones que permitía a los amigos compartir sus diferentes localizaciones. En poco tiempo, Altman consiguió que unos inversores pusieran 17 millones en Loopt y se las arregló para llegar a acuerdos con grandes empresas de telefonía móvil. En 2012 vendió el negocio a la compañía de tarjetas de crédito Green Dot por 43 millones. Después de eso se centró en YC, y Graham decidió que era la hora de delegar en él sus funciones.

YCombinator recibe ‘start-ups’ de todo el mundo; también españolas, como es el caso de Mencanta, un app de moda, que concurrió en 2015. Esta es su experiencia. Por Sahara Juste.

¿Qué hay que hacer para que te reciban?
De 6000 start-ups que lo piden, reciben a 450. La primera criba es la inscripción, que tiene dos partes. Una es el perfil de la start-up: el modelo de negocio, en qué fase está La otra es el perfil del equipo. Buscan gente que no siga las reglas y que pueda ejecutar lo que propone, de ahí que hagan preguntas como. ‘¿Cuándo has hackeado el sistema para beneficiarte?’.

¿Cómo preparas el encuentro?
Ellos corren con ciertos gastos, como vuelo y alojamiento, con un presupuesto limitado en función del país de origen. Es importante el trabajo previo de networking para aprovechar al máximo la estancia. Contactamos con algunos alumnos de YC y con gente del ecosistema para comprender mejor cómo funcionan allí las cosas. La información, aunque sea poca, siempre ayuda.

¿Cómo es la entrevista?
Cuatro partners de YC entrevistan al equipo fundador de la start-up durante diez minutos. Debes tener muy claro cuáles son tus métricas porque todo lo demás ya lo conocen. Ellos han estudiado a la perfección tu start-up y a tu equipo antes de recibirte. No es un pitch, es una entrevista en tono distendido, pero no se dice ni una palabra de más. Todo es ‘straight to the point’.

¿Cómo te notifican el resultado?
Las buenas noticias (que invierten) las dan por teléfono; las malas, por e-mail. A nosotros nos llamaron para una segunda entrevista. Tras horas que se hicieron eternas, recibimos el temido e-mail. Pero de esa respuesta negativa también aprendimos; el feedback fue muy concreto y nos animaron a volver a intentarlo con ellos. Solo llegan quienes resisten. ‘Never give up’.
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