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martes, 17 de enero de 2017

Planificación y planes



(Un texto de Jorge Parra en el suplemento económico del Heraldo de Aragón del 6 de octubre de 2013)

Tras culminar la Operación Overlord que se inició con el desembarco aliado en Normandía, el general Dwight D. Eisenhower afirmó: «Los planes no son nada; la planificación lo es todo». Esta aseveración tan tajante tiene su explicación. El general tuvo que modificar varias veces sobre la marcha el plan inicial del desembarco debido a circunstancias sobrevenidas. Sin embargo, el proceso de reflexión que mantuvo con su equipo para planificar la operación, en el que se evaluaron todas las alternativas y contingencias, le fue de gran valor a la hora de improvisar y tomar decisiones que modificaban el plan.

Henry Mintzberg transmite la misma idea con su concepto de estrategia emergente: el plan es importante, pero se ve afectado por multitud de factores como la necesidad de adaptarlo a las cambiantes circunstancias externas de la organización, o la particular interpretación que los directivos hacen de la estrategia. Una cosa es la estrategia deliberada y otra es la que finalmente se lleva a cabo. A pesar de que el plan no siempre se ejecuta como estaba previsto, merece la pena dedicar tiempo de calidad a la planificación.

lunes, 9 de enero de 2017

Filosofía ‘lean’, fábricas ordenadas y sin despilfarros



(Un texto de B. Alquézar en suplemento económico del Heraldo de Aragón del 28 de diciembre de 2014)

El ahorro de costes se ha convertido en una de las obsesiones de las empresas durante la crisis. La forma de trabajar de una empresa puede aumentar la pérdida de productividad. La filosofía 'lean' es uno de los sistemas de gestión más utilizados en las últimas décadas en grandes factorías como las del sector automovilístico, pero sigue siendo una desconocida para las pymes, según los expertos, que defienden la plena vigencia de una forma de trabajar que surgió en los años cincuenta en la factoría de Toyota.

'Lean' significa esbelto, libre de grasa, en el sentido de «dejar fuera lo que no aporta valor», explica Miguel Ángel García Madurga, profesor asociado del departamento de Dirección y Organización de Empresas de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Zaragoza. Este sistema de trabajo afecta a toda la organización de la empresa y se basa en la necesidad de «eliminar despilfarros, poner al cliente en el centro y saber escuchar a los trabajadores», resume. «Todo lo que no sea valor, es despilfarro», explica, entendiendo por valor «algo por lo que el cliente estaría dispuesto a pagar». Entre los «desperdicios» estaría el tiempo que pierden los operarios resolviendo averías o el cliente esperando recibir una información por teléfono; la sobreproducción, el almacenamiento excesivo de materia prima o la asignación de tareas a personas que no están capacitadas para su puesto o tienen una preparación muy superior.

La filosofía nació en las fábricas manufactureras ('lean manufacturing'), buscando estandarizar el trabajo, pero ha evolucionado a empresas de cualquier actividad, desde la logística a los servicios.

«Se trata de herramientas de hace 50 años y que todavía hay mucha gente que no las conoce», apunta. Tras su implantación en la gestión diaria de la empresa calcula que la productividad puede mejorar en torno a un 30%.

Conseguir el máximo ahorro fue el objetivo en los años cincuenta de los directivos de la japonesa Toyota Motor Company. En un viaje a Estados Unidos, su máximo responsable, Eiiji Toyoda, visitó las fábricas de Chrysler y Ford en Detroit, además de empresas auxiliares, para ver cómo trabajaban. La compañía japonesa pasaba por sus horas más bajas, pero pese a su situación financiera muy complicada, García Madurga recuerda que el directivo dijo que «en tres años» adelantarían en productividad a las plantas estadounidenses. Tardaron diez años, pero lo consiguieron. Y ello a través del método desarrollado por un ingeniero de la compañía, Taiichi Ohno, al que se le considera el fundador del 'lean', explica.

«Ohno no podía soportar el desorden que había en la fábrica y empezó estudiando los procesos de producción con el fin de encontrar mejoras en los mismos trabajando directamente en la planta», indica, en la que sería una clave del sistema, «la observación directa en el lugar de trabajo». A ello se une otro de los conceptos, el de esforzarse en buscar la mejora continua. Consiguió minimizar los desperdicios sin grandes inversiones.

Entre los primeros cambios que llevó a cabo fue reorganizar la ubicación de las máquinas de manera que un operario pudiera atender más de una a la vez, además de colocarlas de acuerdo al flujo de trabajo y los materiales. A ello unió enviar a las líneas de montaje solo los materiales y subconjuntos que fueran necesarios. Estas fueron algunas de las bases del Toyota Production System, que sentó los principios básicos del 'lean manufacturing’», apunta García Madurga. Reducir los plazos de entrega, el tiempo para el lanzamiento de nuevos productos y lograr fábricas más ordenadas y limpias fueron algunos de sus logros.

«Tuvieron que transcurrir casi cuarenta años para que las empresas automovilísticas estadounidenses se dignasen a entender el porqué de las enormes diferencias de calidad, productividad y rapidez en los cambios de modelos entre ellas y sus homólogas japonesas», añade. En 1990, este método fue analizado y redescubierto por James P. Womack, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), quien difundió la filosofía 'lean' en occidente con su libro 'La máquina que cambió el mundo'. A partir de ahí ha ido evolucionado y han aparecido nuevas variantes como el 'lean sigma', el World Class Manufacturing (WCM) o el 'lean thinking'.

jueves, 5 de enero de 2017

Rush: el gran premio de la emulación



(La columna Cine de Gestión, de Ignacio G. de Leániz, en el suplemento económico de El Mundo del 20 de octubre de 2013)

El duelo entre Niki Lauda y James Hunt se refleja en 'Rush', una película llena de lecciones sobre el talento, la motivación y la competitividad.

No se arrepentirá el espectador de verla, todo lo contrario. Y el que busque en el cine posibles lecciones de management mucho menos: toda la obra es un compendio de gestión del desempeño, de principio a fin. A nuestros efectos, podemos analizarla desde tres epígrafes, que en la trama van indisolublemente unidos, en paralelo, como las biografías de ambos competidores, el austriaco y frio Niki Lauda, frente al británico y apasionado James Hunt.

Hunt -Chris Hemsworth- encarna la genialidad. Para él, conducir y correr es disfrutar. Siente una alta motivación intrínseca en su desempeño, lo que llamaríamos motivación de logro. Está dispuesto a arriesgar todo, y ello incluye su vida, con tal de ganar una carrera o campeonato. Tal es placer que le produce. Por eso hace maniobras inverosímiles y derrocha su talento por todas las pistas. También, por cierto, en todas las fiestas habidas y por haber. Vivir y correr lo es en grado sumo, es ante todo disfrutar. Por eso Hunt es un auténtico play-boy, lleno de simpatía. No le pidamos preparación, horarios, cuidados, abstenciones. Para él, la Fórmula 1 es ante todo un arte. Y el piloto, un artista que se enfrenta con la muerte viviendo la vida.

Lauda -Daniel Brühl- es, desde sus orígenes, todo lo contrario: frío, calculador, reflexivo y meticuloso hasta el perfeccionismo. En suma, un gran profesional. Para él correr es controlar. No solo el coche y sus reglajes. También los umbrales de seguridad. No arriesga más del 20%: ése es el precio que pone a su vida.

Matarse en un circuito es un sinsentido, por lo que correr para él es evitar la muerte. Como se ve, Lauda posee en términos psicológicos un elevado locus de control interno. Por eso, ironías del destino, se negó en principio a correr en Nürburgring (Alemania), donde horas después padeció su terrible accidente en agosto de 1976, que toda una generación recuerda vivamente.

Y ése es el duelo que parece plantearnos la película. Dos perfiles profesionales en principio opuestos: talento frente a tecnicismo. O el arte frente a la pericia. Como sucede a menudo en nuestras organizaciones cuando se nos plantea así el dilema. Pero Ron Howard, el director, nos da una vuelta de tuerca: la realidad humana y gerencial es mucho más compleja y esta tesitura a menudo resulta falsa por mal planteada.

Porque sucede en estos protagonistas un fenómeno muy curioso: su implacable competencia mutua se funda en el fondo en una emulación reciproca. Hunt admira la autoexigencia y disciplina de Lauda, así como su estabilidad afectiva. Y éste, a su vez, el apasionamiento y riesgo de aquel en pista, y su sociabilidad fuera de ella. Y estas emulaciones van dando lugar a un feedback mutuo que retroalimenta el desempeño y los logros de cada uno de ellos, de manera que Lauda no sería Lauda sin Hunt, ni éste Hunt sin Lauda. Y aparece en ellos un sentimiento que hoy echo a menudo en falta: la admiración profesional por la que gracias al otro cada uno se supera más y más. Hay pues en esta mímica inconsciente una gran sinergia que darla lugar al campeonato más recordado, por fabuloso, de toda la Fórmula 1: el de 1976. Ambos están sin saberlo haciéndose un benchmarking de escuela de negocios cuando todavía no se utilizaba en las prácticas organizacionales.

Pero esta dinámica tan enriquecedora se extiende incluso fuera de la pista hasta aquella UVI del Hospital de Manheim, en el que Lauda ingresó más muerto que vivo tras el incendio del Ferrari en el GP de Alemania. La cruel rehabilitación, con los injertos por toda su cara, la realiza el piloto austriaco viendo correr a Hunt desde la televisión de su habitación. Como si Hunt y su Mclaren lo reclamasen otra vez en la arena; como si uno fuese el alter ego del otro. Son los beneficios inmensos del admirar y emular lo excelente, sacando partido a lo complementario y no aniquilándolo. No se la pierdan que mucha falta nos hace.

jueves, 29 de diciembre de 2016

La importancia del encuadre



(Un texto de Jorge Parra en el suplemento económico del Heraldo de Aragón del 10 de noviembre de 2013)

El encuadre de una cuestión determina las elecciones de las personas. Ante un planteamiento idéntico, los clientes pueden reaccionar de forma diferente en función de cómo éste se presente. El Premio Nobel Daniel Kahneman realizó varios experimentos curiosos que confirman esta idea.

En uno de ellos, preguntó a una muestra amplia de personas qué tipo de carne preferían: una «99% sin grasa» u otra «con un 1% de grasa». Los encuestados calificaron como más sana la primera. Incluso al elegir entre «98% sin grasa » y «con un 1% de grasa», la mayoría eligió la primera, que contenía el doble de grasa.

En general, el atributo que se describe de forma positiva tiene un impacto más favorable que el mismo descrito de forma negativa. «Las acciones de Telefónica subieron a su máximo de tres años» es lo mismo que decir que «las acciones de Telefónica no se han movido en tres años», pero el inversor lo puede interpretar de manera muy diferente. Las empresas deben ser conscientes de que su oferta al mercado está sometida al encuadre y que la forma en la que se presente puede determinar su elección por los clientes frente a otras.

lunes, 26 de diciembre de 2016

El caso Segway



(Un texto de Jorge Parra en el suplemento económico del Heraldo de Aragón del 20 de octubre de 2013)

Un problema que se encuentran los emprendedores cuando elaboran el plan de negocio es el dimensionamiento adecuado del mercado. Estimar la demanda potencial de un nuevo producto puede ser difícil, pero siempre es mejor hacer algún tipo de investigación, por limitada que sea, que basar los números en la mera intuición.

El transportador humano Segway, lanzado en 2001 por Dean Kamen, puede ilustrar esta idea. Sus expectativas eran demasiado elevadas cuando dijo que «sería al automóvil lo que fue el automóvil al caballo». La empresa fue valorada en 600 millones de dólares. Las previsiones de ventas para el primer año eran de 100.000 unidades, pero solo se vendieron 30.000 en 7 años.

¿Qué falló? La idea era original, el producto de calidad y la campaña de comunicación fue excelente. El problema es que se sobreestimó la necesidad insatisfecha y, por tanto, el mercado potencial. Ante la pregunta de si hay un mercado suficiente, la evaluación debe ser profesional y objetiva, superando la clásica 'heurística del afecto', que lleva al empresario a enamorarse de su producto y creer que todos los consumidores se lanzarán a la compra.
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